Ansiedad tras la DANA: ataques de pánico, miedos y estrés

Ansiedad · trauma · ataques de pánico · DANA

La alerta que se queda en el cuerpo después de un evento traumático

Después una situación como la DANA (el 29 de octubre de 2024, una DANA provocó inundaciones graves en numerosos municipios de la provincia de Valencia), el miedo no siempre se va cuando pasa el peligro. A veces se queda en el cuerpo, en forma de alerta constante, de noches sin dormir o de ansiedad que aparece sin avisar.

En este artículo quiero contarte por qué ocurre, qué tiene que ver con los ataques de pánico y qué se puede hacer para que tu sistema de alarma vuelva, poco a poco, a la calma.

Pequeñas señales que muchas veces no llamamos “ansiedad”

Cuando alguien viene a consulta después de una experiencia así, casi nunca lo cuenta como “tengo ansiedad”. Lo cuenta en pequeñas escenas:

“Empezó a llover de noche y no pude dormir, me quedé mirando por la ventana.”

“Sonó una alarma en el móvil de mi hijo/a y se me cerró el pecho, pensé que me daba algo.”

“Ahora no dejo el coche en ningún sótano. Necesito saber por dónde salir.”

“Lo tengo todo preparado, las mochilas, el tiempo mirado… y aun así no me quedo tranquilo/a.”

Desde fuera puede parecer que la persona “le da muchas vueltas” o que está más nerviosa de la cuenta. Pero quizá ahí es justo donde hay que poner el foco y poder evaluar bien qué es lo que nos está pasando.

Qué le hace un trauma a tu sistema de alarma

Todos llevamos puesto un sistema de alarma. Cuando el cerebro detecta un peligro, enciende el cuerpo: el corazón bombea más rápido, respiras más, los músculos se tensan, los sentidos se afilan. Es lo que te permite reaccionar cuando hace falta.

Esto no es una forma de ser ni algo “mental”: es una respuesta biológica, la misma que tenemos todos.

El día de la DANA, ese sistema funcionó como tenía que funcionar. El peligro era real.

Lo que ocurre después es que la alarma no siempre vuelve a su nivel anterior. Se queda más sensible, con el umbral más bajo. Y entonces empieza a dispararse con cosas que se parecen al peligro, aunque no lo sean: la lluvia, un aviso, el agua corriendo, un ruido, incluso una sensación interna de tu propio cuerpo.

El cuerpo no distingue bien entre “está pasando otra vez” y “esto me recuerda a cuando pasó”.

Cuando la alarma salta hacia dentro: el ataque de pánico

Una vez que vives en alerta, empiezas a vigilarte. Cualquier latido raro, cualquier mareo, cualquier opresión en el pecho se lee como “ya viene, algo va mal”. Y esa vigilancia hace más probable justo lo que temes: el corazón se acelera, llega el pensamiento catastrófico —me va a dar algo, voy a perder el control—, y eso acelera más el corazón.

Así es como un susto puntual se convierte en miedo a las propias sensaciones. Dejas de tenerle miedo solo a la lluvia y empiezas a tenerle miedo a lo que sientes por dentro. Y como el cuerpo siempre tiene sensaciones, el miedo encuentra siempre dónde agarrarse.

Al final, es humano buscar seguridad: no salir si está nublado, no bajar a un garaje, llevar a alguien de confianza siempre cerca, tener todo preparado por si acaso. Después de lo que pasó, tiene todo el sentido del mundo.

Y al principio ayuda. Tener cerca a una persona que te regule, o una rutina que te dé control, puede sostenerte mientras lo peor está reciente. Eso no está mal.

El problema aparece cuando esas estrategias se convierten en la única forma de estar tranquilo/a. Cada vez que evitas algo y no pasa nada, tu mente aprende la lección equivocada: me salvé porque lo evité. Lo que no llega a aprender es lo que de verdad necesita: puedo estar cerca de eso, sentir lo que siento, y atravesarlo.

Entonces: Poco a poco, el mundo se hace más pequeño para que el miedo se sienta más seguro.

Por eso el camino no es tener más formas de escapar. Es, con tiempo y acompañamiento, ayudar al sistema de alarma a recalibrarse: que vuelva a distinguir entre un peligro real y un recuerdo del peligro.

No estás exagerando

Esto es importante decirlo, y lo digo también como alguien que vive en un pueblo muy afectado por la DANA: lo que sentiste y lo que sientes tiene una causa real. No te lo estás inventando, no eres débil, no es “para tanto”. Vivir una catástrofe deja huella, y que tu cuerpo siga en alerta es una respuesta comprensible, no un defecto.

Lo que sí puede cambiar es la lectura que tu mente hace ahora de cada lluvia, de cada aviso, de cada cambio meteorológico, de cada sensación. La emoción es real. La interpretación de peligro, muchas veces, ya no se ajusta a lo que está pasando de verdad.

Cuándo pedir ayuda

El estrés postraumático y el trastorno de pánico se trabajan, y con tratamientos que tienen evidencia. No tienes que poder con esto en soledad.

Tiene sentido buscar ayuda cuando, meses después, la lluvia, un aviso o un cambio de tiempo te siguen disparando la angustia; cuando aparecen ataques de pánico; cuando evitas lugares, sótanos o salir de casa; cuando duermes mal o vives pendiente de que vuelva a pasar.

Si te reconoces en esto y quieres trabajarlo en un espacio terapéutico, puedes hacerlo en terapia individual en Valencia o en terapia online si no eres de Valencia.

También puedes escribirme desde la página de contacto.

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Una última cosa

Este blog está pensado, sobre todo, para quienes lo están pasando mal después de la DANA, porque fue algo muy reciente y muy cercano. Pero lo que cuento aquí sirve igual para cualquier otro fenómeno meteorológico —o cualquier evento— que haya golpeado a tu pueblo o a tu ciudad y que hoy te dificulte vivir con tranquilidad.

Eso sí: nada de esto sustituye el trabajo, más profundo y más cuidadoso, que necesita quien ha perdido a seres queridos, su casa, sus recuerdos o, sencillamente, la esperanza. Para ese dolor hace falta otro tipo de acompañamiento, y también existe.

Escribo todo esto desde un lugar sencillo: el de querer ayudar a quien lo necesite leer.

Si has llegado hasta aquí, ojalá algo de lo que has leído te haga el camino un poco menos solo.

Victoria Sanso Ansaldi · Psicóloga General Sanitaria · COPCV 19739

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